Logran acuerdo para evitar lo que pudo ser nuestra primera guerra civil

Maule, abril de 1812. Agobiados del gobierno liderado por José Miguel Carrera y a lo que consideran un constante menosprecio hacia la provincia de Concepción, los sureños se han manifestado en favor de un levantamiento militar que permita deponer al general y realizar un nuevo ordenamiento en la naciente nación que otorgue mayor representatividad a las provincias. Estos aires de guerra, se ven mayormente sustentados además, en las noticias que llegan de que Carrera piensa seriamente en poner a fuego a la revolucionaria provincia.

Consciente de lo que pudiera significar y el caos del que se pudiera servir la corona española para iniciar la reconcuista, José Miguel Carrera y Juan Martínez de Rozas, plenipotenciarios de Santiago y Concepción respectivamente, deciden convocarse para buscar una solución amistosa que permitan no tan solo dejar contentas a ambas provincias, sino que además, asegure la salud y bienestar de la nueva nación independiente.

El lugar para la reunión se fijó en las riberas del Maule –río que por lo demás fue históricamente considerado límite infranquiable para cualquier acción– más precisamente en el antiguo Fuerte español que se ubicaba en las cercanías de Duao.  

“Muy pronto llegué a aquel destino. Rozas estaba al otro lado del Maule y yo lo provoqué a una entrevista que se verificó al sur del mismo río. Retiré a Talca todas mis guardias y lo esperé en la orilla del río con cuatro oficiales y tres ordenanzas. Rozas llegó con gran acompañamiento y pasó el último brazo del río con la música de sus dragones. Comimos juntos aquel día, y en la tarde se despidió, quedando de ir a Talca al día siguiente”. (Diario militar de José Miguel Carrera)

El historiador Claudio Gay, señala textual: “La providencia quiso infundir prudencia a aquellos buenos corazones, que las pasiones habían enconado uno contra otro, y esta entrevista se verificó en el Fuerte viejo, al norte del río Maule, convertido, en aquella ocasión, en una especie de rubicondo para los ambiciosos opuestos. Después de haberse prometido, recíprocamente, sincera y franca amistad, entraron en conferencia. Hablando Rosas en nombre de la Asamblea, pidió la aceptación del tratado que por el conducto de su delegado O’Higgins le había sido enviado, y en el cual se estipulaba la convocación de un congreso, el nombramiento de un nuevo poder ejecutivo y sobretodo el establecimiento de un gobierno realmente representativo.

La reunión sostenida logró acercar las posturas disidentes, limó asperezas y despejó –hasta cierto punto– el mal clima que se estaba viviendo. Con todo esto, se logró no solo evitar la que pudo ser la primera guerra civil de nuestra historia, si no también, fortalecer la “unidad” nacional para enfrentar los duros tiempos que se avisoraban con el inminente proceso de reconquista que había iniciado la corona española.